Intentaré hacer a partir de estos días un artículo semanal. Puede ser que la mayoría de las veces lo que escriba no sea tan bueno, pero si uno se pusiera a refinar cada escrito que hace, simplemente no publicaría nada nunca y castraría la posibilidad de la retroalimentación. Sirva esto como un entrenamiento para alejar la torpeza de mis letras y como una ventana para arrojar un poco de luz a mi cabeza.
Embriaguez.
El tema de las drogas ha sido siempre polémico. Me parece que las posturas más conservadoras y las más liberales responden a consideraciones éticas de naturalezas extremas pero que, como todos los extremos, se tocan. Las éticas que niegan cualquier beneficio de las drogas -y que llaman drogas sólo a aquellas que implican la inmersión de quien la consume en un estado de embriaguez que en algún punto tiene un efecto desencadenante de placer- suelen provenir de tradiciones confesionales y de la biofilia que considera que cualquier cosa capaz de causar daño al cuerpo y a la vida misma debe ser repudiada. Estas posturas no son humanistas por un par de razones: primero, aspiran a la limpieza y aún a la resistencia del ser humano a los placeres de naturalezas más "bajas", osea, no consideran a la naturaleza humana como base para buscar, a partir de ella, caminos más felices, y segundo, porque la biofilia debería, para ser consecuente, centrar su foco en la atención de problemas que dañan la vida de modo más grave. Deberían fijar su atención en el hambre y las guerras civiles -ambas amenazas graves para la vida- antes que en las drogas placenteras, sólo por poner un ejemplo. Éticas muy ilusas de santos y no de hombres.
Por otro lado encontramos éticas liberales que reivindican la libertad en su sentido negativo, o sea, la libertad para ellos debe ser entendida como independencia -no depender en nada del otro- y no como autonomía -formar uno sus propios límites y pautas conductuales-. Diré que estas éticas tampoco son humanistas porque los límites inexistentes o demasiado amplios que tienen y la afirmación que ellas hacen de la libertad como absoluto, terminan por conducir a su negación: las drogas en excesos tremendos hacen fallar esto o aquello que antes servía para ponderar y decidir. Pero tienen estas éticas una virtud que no tienen las otras, y es que toman en cuenta que la intoxiación y la embriaguez han sido una necesidad universal, tan vieja como el hombre mismo. He recordado ahora un documental que mostraba changos intoxicándose con el veneno de unas arañas que los hacía alucinar u otros tomando frutas fermentadas para emborracharse, gatos oliendo flores que les despertaban comportamientos sexuales orgiásticos y cosas por el estilo. Necesidad universal sin duda. Reivindicarlo así nada más sería, sin embargo, hacer notar que esta es una ética de changos y no de hombres.
Pero dije que ambas concepciones se tocaban. Explico que los santos y los changos tienen en común varias cosas: su falta de humanidad por razones de superioridad o inferioridad, la ausencia de posibilidades de hacer sensibles y artísticas las manifestaciones de placer, el repudio o la ignorancia de la libertad y la irrelevancia -que unos atribuyen y que los otros seguro asumen porque no saben historia- de la existencia física en el continuo del tiempo.
Seguro que drogarse y beber con límites claros -permanecer con conciencia, conservar habilidades para deshacerse de peligros potenciales, guardar un mínimo de dignidad y de discreción respecto a asuntos demasiado delicados- es ser virtuoso. Pero como sociedad más que satanizar deberíamos educar en esos comportamientos y virtudes. Después de todo la de la embriaguez es una necesidad universal, en serio. En la forma de satisfacerla podremos hallarnos más o menos humanos.
¿Condena social, intolerancia e ilegalidad? Pura hipocresía.
Hay que tolerar, educar y legalizar. Todo de una vez.
Desgracia:
Hace 1 día